Magaly Solier, nuestra gran actriz, por Mónica Delgado

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No cabe duda que a la fecha Magaly Solier es una de las actrices peruanas más reconocidas internacionalmente de los últimos años. Ya quisieran muchos actores y actrices del país tener tanto reconocimiento internacional -ha ganado más de veinte premios-, así como la oportunidad de trabajar con directores y en producciones de diferentes países, como Bélgica, Chile, España, Italia o Suiza. Sin embargo, pese a su talento y aporte al cine peruano, el tratamiento reciente que recibe en el entorno mediático local se concentra en destruir su imagen debido a un contexto privado y judicial. En realidad, ¿cuáles serían las razones de fondo?

Por un lado, un racismo y clasismo que no permite valorar por igual a todas las actrices exitosas y, por otro, un encasillamiento en determinados roles, que patentan la imagen de una mujer andina y quechuahablante como sinónimo de dolor, tristeza, pobreza, exclusión, injusticias o lucha incesante. Y porque en Perú, pues, no es lo mismo ser actriz de Ayacucho o Puno, que ser parte de la pequeña red centralista actoral de la capital, que suele tener más visibilidad y oportunidades.

La noticia del reconocimiento a Magaly  Solier como mejor actriz en el reciente IFF: Love is Folly, que se desarrolla desde hace 29 años en Bulgaria, fue celebrada. Se debe a su papel en el film The saint off the imposible, del cineasta suizo británico Marc Raymond Wilkins. Sin embargo, este premio surge en medio de la caza de detalles de su vida familiar, elementos que la prensa sensacionalista usa para más clickbait. Lógico, en un entorno de prensa basurizada, de fake news y de empobrecimiento de la labor periodística, sucesos personales se vuelven parte del circo de los medios, alimentados además por prejuicios machistas y un sistema “meritocrático” donde el éxito está disociado de problemáticas de clase y etnia. Así, Solier pasa de un día para otro, de ser una extraordinaria actriz de un film nominado al Oscar a ser un ejemplo destructivo de “mala madre”. Calificativo además atribuido a otras mujeres del showbiz local que no encajan con el mandato patriarcal e imaginario de la madre santa, que se inmola y da la vida por los hijos y la familia. Pero, más allá de esto, lo paradójico es que la figura de Solier escapa del molde tradicional de lo que es ser y debe hacer una actriz reconocida en nuestro país: casi no forma parte de farándula alguna, es cantautora con proyectos culturales y artísticos paralelos, y cuida mucho que las películas en las cuales actúa sean de producción independiente. Sin embargo, quieren hacer de su privada una performance para el escarnio. El papel que todos quieren recordar.

Foto: La República.

Los roles y posicionamiento de Magaly Solier en eventos y producciones nacionales e internacionales rompieron algunos paradigmas sobre la imagen y construcción de personajes femeninos en el cine peruano. Una actriz no profesional que se ha hecho desde la experiencia, desde su capacidad creativa y desde un estilo gestual contenido. Por ello, en la premiación de La teta asustada en el festival de Berlín en 2009, no solo afianzó una narrativa de país en su diversidad y del quechua como lengua importante, sino que encarnó una historia de empoderamiento y crecimiento profesional.

Como es conocido, Solier llamó la atención de la cineasta Claudia Llosa cuando buscaba en la plaza de Huanta a jóvenes que pudieran encarnar a Madeinusa, la protagonista de su primer film. Este hecho casual propició una serie de encuentros de Solier con la pantalla grande, aunque muchos de ellos marcados por su perfil racial, y debido algunos imaginarios exotizados o estereotipados sobre la mujer andina o migrante: empobrecida, traumada o víctima.

Pareciera que hubiera un encasillamiento marcado por la etnicidad, sino recordar qué tipo de papeles hizo Solier en films nacionales como Retablo, Magallanes, La teta asustada o Dioses, por ejemplo. Todos interpretados con un buen nivel, sin duda. Quizás la película del peruano Manuel Siles, Vivir Ilesos, propuso algo distinto para la actriz, película en la cual encarnó a una mujer calculadora en una historia de estafas.

De todas formas, la presencia de Solier en papeles protagónicos nos habla de una respuesta ante roles por muchos años reservados para mujeres que no necesariamente representaban a las comunidades que se describían, sino recordemos a la actriz Judith Figueroa haciendo de Kukuli, una campesina de las alturas cusqueñas en la película de Luis Figueroa, Eulogio Nishiyama y César Villanueva de 1961, o a Melania Urbina en un papel secundario en Paloma de Papel.

Por otro lado, a diferencia del debate que surgió en México debido a la participación de la actriz oaxaqueña Yalitza Aparicio en Roma, de Alfonso Cuarón, en el Perú no se ha puesto en cuestión dentro del sector audiovisual la discriminación a las comunidades indígenas o a las trabajadoras del hogar a través de estas construcciones o representaciones visuales en el cine o la televisión. ¿Hasta cuándo las mismas actrices de rasgos andinos personificando papeles de sometimiento o tragedia? Descolonizar la mirada en torno a cómo incluir y diseñar personajes sobre mujeres andinas y quechuablantes es aún una tarea pendiente en el audiovisual peruano.