La penosa defensa de Héctor Valer, por Fernando Carvallo [COLUMNA]

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El primer ministro dice ser un hombre con vasta experiencia del Estado y con fidelidades constantes. Asegura ser miembro del Opus Dei, aunque un comunicado de esta organización católica lo desmiente formalmente. Dice también que durante tres semanas participó en la preparación del nuevo gabinete, a cuya cabeza fue nombrado por el presidente Pedro Castillo. Afirma que fue perseguido por Vladimiro Montesinos cuando era miembro del APRA y que por esa razón tuvo que pedir asilo político en Colombia.

Ayer ofreció una conferencia de prensa en la que negó la realidad de las denuncias que se le han hecho y afirmó que si hubiera una sola prueba presentaría su renuncia. Según Héctor Valer, todo lo que se dice sobre él forma parte de un complot que se orienta a la vacancia de Pedro Castillo. Desestima los partes policiales y las decisiones judiciales que confirman un hecho grave e inapelable: su hija de 29 años presentó una demanda ante la policía por agresión física.

Para Valer se trató de una simple “riña familiar” y una mala interpretación de la víctima, que habría recurrido a la Policía del Perú para que, según él como en Francia, sirviera de intermediaria. Valer no parece haber convencido a nadie, ni siquiera a los miembros de su propio gabinete, algunos de los cuales recurren al contorsionismo verbal para no llamar las cosas por su nombre: machismo, violencia de género, misoginia. Más de 30 mujeres congresistas de diferentes bancadas, han expresado su “indignación” y concluyen que “el país no merece un primer ministro que miente y que cree que todo funciona cuando se levanta la voz o se amenaza”. Y, hecho inédito, coinciden con Vladimir Cerrón, quien afirma con cierto gozo que “el proceso de enseñanza-aprendizaje al que (Pedro Castillo) se ha sometido es penosamente improductivo”.

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