La necedad: más allá del mal absoluto

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Uno de los mayores teólogos cristianos del siglo XX, fue el pastor luterano Dietrich Bonhoeffer (1906-1945). Poseedor de un vigoroso intelecto y de una pluma poderosa, nos legó una serie de reflexiones relevantes, muchas de ellas tratando de ubicar el nuevo lugar del cristianismo en un mundo cada vez más secular. Para Bonhoeffer era fundamental aceptar el misterioso signo de los tiempos como un reto de fidelidad evangélica: ser cristianos en un mundo sin Dios. De ahí que habría que comprender el “silencio de Dios” no de modo apocalíptico, si no como una posibilidad de regeneración del cristianismo.

Este notable intelectual cristiano, se opuso a las políticas totalitarias de la ideología nazi y fue parte de la resistencia activa contra Adolph Hitler y su gobierno, pues consideraba que era impensable para un cristiano darle la espalda al sufrimiento que el nacional socialismo estaba ocasionando en su país y en Europa. Tratando de ayudar a un grupo de judíos a huir hacia Suiza, Bonhoeffer fue capturado en 1943. Y, luego de un juicio sumario, en el que se le acusaba de ser parte del grupo conspirador contra Hitler, murió ahorcado el 9 de abril de 1945.

La última obra que escribió el gran Dietrich Bonhoeffer fue “Resistencia y sumisión: cuadernos y notas desde el cautiverio”. Este libro, a caballo entre el ensayo, la autobiografía y la aforística, reúne las reflexiones que el teólogo alemán elaboró durante su encarcelamiento. De ahí que asistimos a la escritura de un hombre que se está preparando conscientemente para la muerte, sabiendo muy bien que cada momento, cada instante, debe ser considerado como una ocasión para meditar sobre algún tópico relevante de la existencia humana.

Una de la parte más célebres de “Resistencia y sumisión”, es cuando su autor reflexiona sobre la necedad y la condición del necio, considerándolas como la experiencia del mal radical y extremo. Es decir, el mayor de los males. Así, Bonhoeffer dice: “Para el bien, la necedad constituye un enemigo más peligroso que la maldad. Pues existe la posibilidad de protestar contra el mal, de ponerlo al descubierto y, en caso necesario, de evitarlo por la fuerza”. Pero cuando nos encontramos ante “la necedad carecemos de toda defensa, no somos capaces de hacer nada contra ella, tanto si nos valemos de protestas como si utilizamos la fuerza: las razones no surten efecto; el necio deja de creer sencillamente en los hechos que contradicen su prejuicio”. En suma, frente al necio, no hay argumento ni hecho que sirva para convencerlo de su error y del mal que ocasiona, pues está incapacitado para descubrir su propio mal. De ahí que nos encontremos ante la experiencia del mayor mal, el “mal de la estupidez”, como en su momento describió André Glusckman. Ante esa situación, el teólogo luterano sentencia: “Por ello es necesaria mayor precaución frente al necio que frente al malo”.

Bonhoeffer había observado comportamientos de ese tipo (necios) de forma extendida durante el régimen nazi en diferentes espacios, en personas a quienes se les podía mostrar hechos irrefutables, demostrarles con argumentos contundentes sobre la maldad del nazismo y lo que implicaba. Y, simplemente, se mantenían incólumes en su terca posición, sin crítica, sin cuestionamiento, colaborando, sin saberlo, con aquellos que si sabían lo que estaban haciendo. Nuestro autor consideró que lo único que se podía hacer a favor del “necio” era realizar un “acto de liberación externa”, es decir, conducir desde afuera una acción emancipadora, pues el necio, de forma autónoma, está impedido de ello. Por muchas razones, las reflexiones de Bonhoeffer no pierden actualidad. Miremos varios escenarios que nos rodean y nos daremos cuenta de la terrible necedad.

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