Entre un triunfo histórico de Ollanta Humala y una derrota que no debe ser histérica

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Siempre creí que Ollanta Humala sería algún día presidente del Perú pero nunca que lo lograría tan pronto, en la elección del 2011, porque empezó desde muy atrás; su plan inicial era muy malo; y tenía una oposición mucho más potente que la de sus rivales en la elección.

Ahí estaba el presidente Alan García, quien ha confirmado que, candidato que quiere ayudar, lo destruye –Alex Kouri y luego Lourdes Flores en la municipal, y Luis Castañeda, Pedro Pablo Kuczynski y Keiko Fujimori, en ese orden, en la presidencial–; y que, en cambio, a los que quiere taponear, como Susana Villarán o Humala, los vuelve ganadores.

También, el sector empresarial –Confiep siguió pasando avisos ‘pro Keiko’ casi hasta anteayer–; el cardenal Juan Luis Cipriani, quien en estos meses dejó de ser purpurado y se volvió naranjado; y un amplio grupo de medios que en esta temporada optó por asesinar a la verdad para favorecer sus intereses aun a costa de demoler su reputación periodística.

A pesar de ello, Humala consiguió la presidencia por la confluencia de varios factores. Primero, una campaña que nunca se salió del argumento básico de presentarse como la mejor opción para el ‘Perú pobre’ aun con la introducción de cambios relevantes en el malísimo programa inicial; y, también, no perder la paciencia ante la campaña de demolición. Segundo, por la suerte que lo colocó en el lugar correcto cuando otras candidaturas caían o subían.

Para el fujimorismo, de otro lado, esta derrota evitó lo que pudo ser la legitimización histórica de un régimen autocrático que colapsó en medio de una corrupción amplia incluso para los estándares peruanos, lo cual se vio reforzado por la presencia, junto a la candidata, de varias personas que significaban una añoranza de lo peor del peor fujimorismo.

En este contexto, el país ahora debe evitar que lo ocurrido constituya un choque entre lo que, sin duda, es un triunfo histórico, contra lo que podría convertirse en derrota histérica de parte de los perdedores.

Evitar dicho escenario será tan relevante como tender puentes entre las dos mitades en que ha quedado partida la población peruana: la que ganó y puede sufrir exceso de expectativas, y la que perdió y siente angustia y temor.

En medio de todo eso deberá moverse ahora Ollanta Humala con la sagacidad indispensable para cohesionar un país que hoy se presenta dividido y polarizado.
El desafío es evitar que el clima de alta tensión del último bimestre se instale durante los próximos cinco años, lo cual conduciría al país al abismo y tiraría por la borda todo lo avanzado en las últimas décadas –lo cual, siendo muy valioso, es insuficiente–, e impediría continuar el crecimiento con más inclusión social.

Eso requiere grandeza en el triunfo por parte del comandante Humala y, por ello, son tan importantes los primeros pasos que dé, incluyendo los anuncios sobre políticas y nombramientos en los puestos clave del gobierno.

De ello dependerá que el próximo quinquenio sea un retroceso severo o un lustro estupendo en el que, con un gobierno de izquierda, como lo han hecho países de la región como Brasil o Chile, se crezca con inclusión social, lo cual pasa por reformas profundas en educación, salud, seguridad y justicia.

Que Dios ilumine al presidente electo Ollanta Humala para que decida con prudencia, firmeza e inteligencia, a favor de su gobierno y del país, y para que al final del lustro que le corresponde gobernar –y ni un minuto más– deje una nación más potente y solidaria que ahora.

Finalmente, al periodismo que intenta ejercer el oficio con decencia e independencia ahora le corresponde proceder, con rigurosidad, a la fiscalización del nuevo gobierno, incluido el cumplimiento de sus promesas, por lo que solo queda decir, en lo que respecta a este columnista, que, con todo el aprecio que merece alguien que se abrió paso con valentía en la compleja política peruana, no hay cheque en blanco, presidente electo Ollanta Humala.