El sexo y el alcohol no se mezclan

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Esta es la historia real de dos personas que combinaron el sexo y el alcohol, o el alcohol y el sexo y el resultado pudo ser esperado pero no lo fue. Chicas, tomen nota, así se resuelven estas metidas de pata.

Se miraron con profundidad, con cariño. Se miraron como si ya no importara nada. O tal vez ni siquiera se miraron. Tal vez fue producto de mi imaginación. Lo cierto es que algo raro sucede. De eso sí estoy segura. Es imposible que la complicidad que late entre ellos haya surgido de la nada. Todo comenzó en Carnaval, cuando nos fuimos todos juntos a la playa. Acampamos de sábado a martes en Choroní, como habíamos querido hacer desde hacía meses. La primera noche tomamos tanto que ya no recuerdo nada. Pero desde entonces aparecieron esas miradas entre ellos.

Tenemos que dejar de mirarnos –le dije. Creo que ella empieza a sospechar- agregué. Él me observó con picardía y respondió tan sólo “está bien”, muy poco convincentemente. Después, regresamos con el grupo.

Las cosas suceden por una razón, pensé. Mientras evitaba acercarme a él, para no levantar más suspicacias, pensaba en aquella maldita primera noche. El ron no era buen consejero, y no lo sería nunca. Habían pasado tres meses, tres larguísimos meses de “sequía” y él estaba sin camisa, mojado, y sosteniendo un vaso de ron, igual que yo. Estábamos en el medio de la nada, con la consecuente sensación de ausencia de consecuencias, esa frase que afirmó cuando me besó: “Lo que pasa en Choroní se queda en Chonorí”.

Empezamos a hablar al borde del agua, luego bailamos, hasta que el alcohol impidió cualquier tipo de pensamiento sensato. Nos dejamos llevar. Terminamos haciéndolo sobre una toalla en una zona oscura cerca del improvisado campamento. Sólo duró un par de horas porque la mañana nos sorprendió y obligó a terminar. Fue un milagro que todo “funcionará” dado lo mucho que tomamos. A los necesitados las cosas le salen bien.

Por supuesto, de protección, ni hablar. Pero para eso están las pastillas del día siguiente que tuve la intuición de traer, esperando que la sequía terminara con un palo de agua. Y así fue. Las siguientes noches logramos escabullirnos y continuar con lo que empezamos aquella primera. Lo que no esperaba, ni esperé nunca, fue lo que sucedió cuando regresamos a Caracas: que empezara a importarme. Lo que comenzó siendo sexo en la playa –como el trago-, terminó convirtiéndose en un acercamiento, en una complicidad que cada vez era más difícil de esconder. Alejandra, siempre suspicaz, parecía notar ese cambio.

Finalmente, llegué al punto en que no podía seguir acostándome con él sin hacer aquella pregunta que los hombres temen y las mujeres escuchan internamente y no pueden ignorar: ¿Qué somos? ¿Dónde estamos?

Había pasado un tiempo desde aquel encuentro sobre la arena y cerca de las olas. Tomé un sorbo de mi cuba libre pensando que, si había dado inicio a todo, también me ayudaría a continuarlo o terminarlo. Caminé con seguridad hacia él, que estaba sólo en la cocina llenando su vaso. La fiesta estaba en su mejor momento y nadie notaría nuestra ausencia. Solté la bomba y esperé su respuesta. Él bebió el ron a fondo blanco. Respiró profundo y sólo me dijo: ¿De verdad tenemos que averiguarlo? ¿No podemos continuar cómo estábamos?. ¡No! –le respondí tajante. ¡Pero si el sexo es bueno! –exclamó él. Y yo, con una sonrisa de medio lado y aprovechando aquella oportunidad única, dije lo que debí haber dicho la mañana de aquella primera noche: Sí… pero no tanto.

Fuente: http://nomassustos.com