El guardaparque de la Zona Reservada de Ancón está de luto

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09:54 | Lima, feb. 7.

Carlos Angelo Segovia Aranda es guardaparque de la Zona Reservada de Ancón, un área natural de rica fauna silvestre y biodiversidad marina que el derrame de petróleo ocasionado por Repsol destruyó el 15 de enero. Las pérdidas son enormes, dice. Aun así, saca una lección aprendida de esta tragedia: proteger los ecosistemas es una tarea de todos.

Ante la mancha negra que cubría la superficie del mar de la bahía de Ancón, el olor extraño que traía la brisa marina y el cuerpo flotando de un piquerito cubierto de color oscuro, Carlos tuvo que aceptar la tarde del lunes 17 de enero que el derrame de petróleo ocasionado por Repsol había llegado a ese lugar privilegiado de la capital para destruirlo.

Carlos es ingeniero en Turismo y guardaparque oficial del Servicio Nacional de Áreas Naturales Protegidas por el Estado (Sernanp). El día anterior, su jefe se comunicó con él para informarle que en el mar de Ventanilla había caído petróleo. “Fíjate si algo ha pasado por tu zona”, le dijo.

Ese domingo había recorrido de extremo a extremo el área y subió al mirador San Francisco para contemplar “su bahía”, y por unos segundos, como siempre lo hacía, cerró los ojos para escuchar los graznidos y aleteos de las aves.

“Todo estaba normal. Regresé en la tarde para confirmar el dato que había recibido. No encontré nada, ni cambio de coloración ni de olor. Estaba tranquilo, el hidrocarburo no había llegado”, recuerda. Ese sosiego desapareció. El oro negro se presentó en la zona, al parecer, cuenta, la madrugada del lunes y se fue extendiendo por la bahía y la reserva como dueño de casa.

Lo que vino después para Carlos es una especie de existencia paralela: la que le ofrecían sus ojos que observaban los daños que ocasionaba ese aceite negro y espeso conforme pasaban las horas: mar contaminado, petróleo empozado en las playas de piedras y decenas de pingüinos, pelícanos o piqueros muertos y lo que sus pensamientos le decían sobre la desaparición segura de la fauna marina y las consecuencias económicas en la vida de los pescadores.

Aliado de la conservación ambiental

Hace algunos años, Carlos entendió, a orillas del río Heaht, en la Reserva Natural Tambopata, Madre de Dios, lo que significa proteger la naturaleza. Todo estaba iluminado por la luz de la luna llena y el sonido de los insectos, el grito de los monos y guacamayos, el olor de los árboles le revelaron una belleza de la que él formaba parte.

“Ese momento lo tengo grabado porque comprendí que también esa armonía era frágil y debía cuidarla”. Tenía 22 años. Desde entonces ese compromiso se mantiene como roble. Por eso, afirma con mucha tristeza e indignación al mismo tiempo que el desastre ecológico ocurrido en Ancón, en la reserva y la bahía, es cruel. Ya nada será igual. No más belleza paisajística.

Tampoco lobos marinos, delfines ni nutrias ni pingüinos. Ni observaciones de aves, como el playerito blanco que migraba de Estados Unidos hacia la Zona Reservada de Ancón en agosto y partía en marzo. 

“Las personas ya no disfrutarán de las formaciones rocosas ni de las historias que contaban los pescadores sobre su vida y trabajo. Se ha perdido una gran biodiversidad que no se encontrará en otro lugar del Perú”, sostiene.

En estos momentos monitorea el comportamiento de las aves, hacia dónde van las que han sobrevivido, cuántas han muerto; se turna con sus compañeros para sacar el petróleo del mar. Todo por la fauna silvestre que le fascina porque, según él, a pesar de su libertad, esos animalitos se comunican con las personas. “Si antes nos evitaban las aves, ahora se acercan, es como si nos pidieran ayuda porque se dejan agarrar”.

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(FIN) DOP/ SMS

Publicado: 7/2/2022

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