(Editorial) Paquetes y colchones

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Cuando hace tres semanas el gobierno anunció un paquete de estímulo anticrisis de S/. 2.000 millones, a muchos les pareció positivo para contrarrestar los efectos de la crisis internacional. Esta semana, sin embargo, el congresista de Alianza por el Gran Cambio Juan Carlos Eguren presentó un estudio que da razones para dudar de, por lo menos, la dimensión de la buena noticia. El Estado, según mostraba el informe en cuestión (y confirma la página web del Ministerio de Economía), únicamente ha ejecutado el 25,7% de su presupuesto para este año en los seis meses que van del mismo. Sorpresivamente, por otra parte, la mayor responsabilidad en la demora la tiene el Gobierno Central, que ha gastado solo un 20% del dinero del que disponía, contra un tampoco admirable 28,9% de los gobiernos municipales y un 31,2% de los gobiernos regionales.

No tenemos por qué pensar, pues, que el paquete anticrisis tendrá, a la hora de la verdad, el tamaño anunciado (S/.2.000 millones). Lo más probable es que acabe representando solo una parte menor de ese monto: la parte que el Estado logre ejecutar. O mejor dicho, que la parte que logre ejecutar a tiempo. Porque si hay un factor clave en un paquete anticrisis ese es este último. Toda la idea de una inyección de dinero para combatir la retracción del consumo y de la inversión es que esta aparezca a tiempo para frenar la caída, creando confianza y demanda en donde ya no las hay tanto. El dinero que no entra a la economía durante esa caída (igual que el que entra cuando esta ya fue lo suficientemente lejos como para que se necesite una inyección mucho mayor para poder levantar las ganas de gastar de alguien) fracasa en su misión. De hecho, un paquete anticrisis puede ser contraproducente si entra cuando la economía ya está de nuevo en crecimiento, provocando recalentamiento (que haya más demanda que capacidad para satisfacerla) y, por lo tanto, subida de las precios (inflación).Y no hay que pensar que el Estado ejecuta mucho más rápido cuando sabe que se trata de gasto anticrisis: del último “paquete” anticrisis aprobado el año pasado por un total de S/.2.490 millones a la fecha se ha ejecutado solo el 50%. Después de todo, la necesidad no crea la capacidad.

¿Cómo entonces se podría lograr que el dinero que se considera necesario para repotenciar la economía entre a tiempo? Pues un mejor camino sería devolverlo directamente a las manos que lo produjeron en primer lugar: las de los contribuyentes. Es decir, aprovechar las facultades tributarias que tiene ahora el Ejecutivo para bajar los impuestos, al menos en la medida del monto que este desea “inyectar” a la economía para reavivar la confianza. Incluso en el negado caso de que los privados decidiesen guardar este dinero en sus alcancías para afrontar una crisis que se estuviesen oliendo, ya solo con estar en manos de estos ese dinero les estaría generando más confianza –al darles respaldo para el futuro– que en las cuentas del Estado. Además, estaría también en un lugar más justo, pues no hay fundamento para que el Estado retenga recursos que le dieron los privados para fines en los que él no los puede aprovechar.

Es más, bien pensadas las cosas, estaría muy bien que este principio sirviese no solo para tiempos de crisis sino estructuralmente: lo que el Estado no logre gastar cada año, que lo devuelva en reducciones tributarias para el año siguiente o vía otro mecanismo. Sería una manera no solo de finalmente avanzar en el siempre postergado objetivo de ampliar la base tributaria(con impuestos más bajos se hace, por ejemplo, más fácil el formalizarse a la pequeña empresa), sino también de poner fin al desperdicio que suponen, en términos de lo que dejan de producir “trabajando” en algún sector de la economía, todos esos cientos de millones que cada año se quedan bajo el colchón del Estado. Y serviría, sobre todo, para poner una presión real sobre la necesidad de lograr esa reforma profunda de nuestro aparato burocrático que le permita finalmente gastar con eficiencia: otra sería la premura y profundidad con que el gobierno abordaría esta reforma si supiese que aquello que no usa, lo pierde. Si el dinero, en fin, tiene que quedarse bajo algún colchón, que sea aquel sobre el que duerme quien lo produjo.