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Cañete: La riqueza del Castillo Unanue

Es uno de los símbolos turísticos de Cañete pese a soportar la indiferencia de las autoridades y las remecidas sísmicas que lo acercan cada vez más su destrucción.

En medio de la campiña, a orillas del río Cañete y de cara al mar de San Vicente se levanta imponente el Castillo Unanue. Parece que se eleva a varios pisos de altura y en realidad está asentado sobre una huaca artificial preinca, de modo que es de un solo piso.

Habría costado unos mil pesos de oro, equivalentes a un millón de dólares en estos tiempos.
Es uno de los símbolos turísticos de Cañete pese a soportar la indiferencia de las autoridades y las remecidas sísmicas que lo acercan cada vez más su destrucción.
Nos comentaba don Eugenio Alarco Larrabure, tataranieto de Hipólito Unanue allá por 1999, cuando por entonces contaba con 91 años de edad, que fue José Unanue de la Cuba (hijo de Hipólito), quien –en uno de sus viajes al río Rin de Alemania– compró uno de los castillos que se encontraba en la ciudad de Baviera, “tomó uno de los barcos que por esos días se enrumbaba al Perú y aprovechó para trasladar gran parte del castillo. Trajo ventanas, puertas, muebles, vidrios, mármoles, rejas, y lo desembarcó directamente en el muelle de Cerro Azul”.
Actualmente reposa en el kilómetro 146 de la Panamericana Sur.La edificación empezó en 1843 y se terminó por 1900.
“Sesenta años tardó para que “Pepe” hiciera realidad el sueño de tener la residencia más suntuosa de la costa peruana, en la memoria de su padre”, recordaba el anciano descendiente del sabio, mientras nos ilustraba con fotografías en blanco y negro del castillo de los primeros años de 1900.
Por su construcción, es el único de su género en América del Sur, sólo comparado con el castillo del emperador Pedro IV de Brasil, cerca de Río de Janeiro.
Siempre fue una mansión deslumbrante, y por eso Ernest Middendorf, Alexander von Humboldt, Benjamín Vicuña Mackenna, Antonio Raimondi y Jorge Basadre la preferían por su hospitalidad.
Según Víctor Andrés García Belaunde –“Cañete Ayer y Hoy”–, el castillo se ubicaba dentro “de un bellísimo fundo de 900 fanegadas que recorrido por un ferrocarril a vapor comunicaba con sus oficinas”.
El tradicionista Ricardo Palma también narra que “recuerdan los viejos naturales de Cañete, la figura varonil por los caminos cabalgando en el más brioso potro del valle… ¡Es don José!, ¡es don José Unanue!, decían los cañetanos, cediendo respetuosos el paso al rico hombre que avazaba gallardo y donjuanero a visitar las rancherías”.
Testigo de terremotos, pero el ocurrido el 15 de agosto de 2007 le removió sustancialmente sus estructuras. Hoy las cuatro torres coronadas con merlones y almenas que servían para proteger el pecho del guerrero están derruidas.
Las grietas alcanzan a las troneras y saeteras diseñadas para disparar flechas, piedras o agua hirviendo al enemigo.
También están afectados los cuatro minaretes que en alto relieve inscriben la señal de la cruz como las mezquitas de Tierra Santa.La noche del castillo llegó con la reforma agraria, el saqueo y el olvido. Así se secó el jardín botánico europeo en el que había palmeras, magnolias, nogales, pinos, alcornoque.
Desaparecieron los pavos reales, patos, halcones, gorriones, chilipillos, jilgueros, colibríes, faisanes y gansos; también las tortugas y peces de colores llamados purpurinos, tornasolados y dorados.
Hoy sólo son gratos recuerdos.Desde 1972, el Castillo Unanue es Monumento Histórico Nacional a cargo del Instituto Nacional de Cultura, pero son los trabajadores de la ex Cooperativa Agraria de Usuarios Cerro Blanco Unanue quienes administran el palacio republicano.
El municipio de Cañete no responde cuando preguntamos por el castillo. En 1999 los hermanos Vera invirtieron 30 mil dólares en los estudios de restauración, pero a los agricultores de Unanue les hicieron creer que había un inversionista más poderoso. Hasta hoy no aparece ese inversionista prometido.
Los estudios calculan que su rehabilitación para ofertarlo al turismo demandará unos seis millones de dólares. Si así como está es impresionante, seguro que restaurado el castillo sería otra cosa.Para la periodista alemana y filóloga de la lengua española, Verena Görtz –hace poco estuvo en Cañete–, “es asombroso saber cómo este castillo llegó hasta aquí, y por qué tanto esfuerzo para traerlo y después dejarlo abandonado”.
En su documentación está incluyendo la leyenda oral de los tres túneles en los subterráneos del castillo. Se dice que uno conecta con la Hacienda Montalbán a 3 kilómetros; el otro con la Hacienda Arona a 5 kilómetros, y de allí hasta Cerro Azul a 10 kilómetros; el tercer túnel tendría salida en la playa de Cochahuasí a 3 kilómetros.
Hoy es un castillo olvidado, torres sin vigía, cuartos vacíos, túneles recorridos por murciélagos, auténtica historia que debería pensarse seriamente en los beneficios de su rehabilitación.Texto y fotos: Iván Reyna ramos
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