Áncash: A 50 años del terremoto que oscureció el cielo de Yungay

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Los movimientos en masa es uno de los peligros geológicos que pone en gran riesgo a la población. El Instituto Geológico, Minero y Metalúrgico – Ingemmet recuerda la tragedia ocurrida en Áncash en el año 1970, donde se estima que murieron alrededor de 70 mil personas.

Un día como hoy, hace 50 años, el mar peruano frente a la localidad de Chimbote a una distancia de 130 km fue el epicentro de un terremoto con magnitud 7,9 grados en la escala de Ritcher y una intensidad de VIII en la escala de Mercalli. Las ondas sísmicas alcanzaron el nevado Huascarán originando en la cara oeste del pico norte la caída de rocas y hielo glacial.

La velocidad de caída del material ocasionó la incorporación de grandes volúmenes de nieve y material glaciar, transformándose en un aluvión que descendió por el río Shacsa. La gran cantidad de material acarreado por el flujo produjo reboces fuera del cauce, llegando hasta Yungay, enterrando al pueblo y sus habitantes.

El flujo de detritos originado en el nevado Huascarán recorrió 160 km hasta el mar, afectando a su paso infraestructura vial y férrea como, por ejemplo, el puente Chaquecocha, el aeropuerto de Caraz, la hidroeléctrica del Cañón del Pato, entre otros

El terremoto dañó casi por completo el departamento de Áncash y el sur de La Libertad. La ciudad de Casma y Chimbote sufrieron grandes daños, al igual que el Callejón de Huaylas, sobre todo en Huaraz. Menor destrucción se apreció en Huarmey y Trujillo.

No se tiene un número exacto de fallecidos, pero se estima que fueron al menos 70, 000 los que perdieron la vida ese domingo 31 de mayo de 1970.

En el Boletín del Ingemmet “Historia de los sismos más notables ocurridos en el Perú (1513 -1974)”, Mateo Casaverde, testigo del evento, narra cómo vivió lo ocurrido: “Nos dirigíamos de Yungay a Caraz, cuando a la altura del cementerio de Yungay se inició el terremoto. Abandonamos nuestro vehículo prácticamente cuando estaba terminado. Escuchamos un ruido de baja frecuencia, procedía de la dirección del Huascarán y observamos entre Yungay y el Nevado, una nube gigante de polvo, se había producido el aluvión; parte del Huascarán Norte, se venía abajo. Eran aproximadamente las 15:24 horas. El último lugar que nos ofrecía una relativa seguridad contra la avalancha era el cementerio, construido sobre una colina artificial, corrimos unos cien metros de carretera antes de ingresar al cementerio, que también había sufrido los efectos del terremoto. Ya en éste, atiné a voltear la vista a Yungay. En ese momento, se podía observar claramente una ola gigantesca de lodo gris claro, de unos sesenta metros de alto, que empezaba a romperse en cresta y con ligera inclinación iba a golpear el costado izquierdo de la ciudad. En nuestra carrera sobre las escalinatas, logramos alcanzar la segunda terraza, cuando de pronto un golpe seco de látigo, una porción de la avalancha alcanzó el cementerio en su parte frontal. El lodo pasó a unos cinco metros de nuestros pies. Se oscureció el cielo por la gran cantidad de polvo, posiblemente originado de las casas destruidas de Yungay. Volteamos la mirada: Yungay con sus veinte mil habitantes habían desaparecido.”

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