Menu

La noche de Gastón

Los Tejos
El sacerdote Gastón Garatea Yuri ya no puede oficiar misas, tampoco confesar a los fieles. El arzobispo de Lima, Juan Luis Cipriani, le ha prohibido hacerlo en la capital. Las razones: sus opiniones públicas sobre asuntos como el celibato y la unión civil entre homosexuales. Todo indica que no se ha cumplido el proceso legal de la Iglesia en el caso de sanciones. Aquí la crónica de una suspensión que ha desatado una ola de indignación en todo el país.

Por Ghiovani Hinojosa

 

El padre Gastón Garatea me echa amablemente de su casa. Deja su taza de café sobre un pequeño tapete con varias pastillas para la diabetes y dice que tiene que salir del recinto. En una larga mesa ubicada a un lado de la habitación reposan, fresquecitos, los periódicos del día. Son las ocho y cuarenta del jueves 17 de mayo. El religioso de la congregación de los Sagrados Corazones está enojado con un sector de la prensa porque, a pesar de sus negativas a declarar, lo han citado cuestionando la decisión del cardenal Juan Luis Cipriani. No puede ventilar públicamente su situación porque se ha comprometido con el arzobispo de Lima a mantener absoluta reserva sobre el tema. De hecho, ha cumplido escrupulosamente las prohibiciones que pesan sobre él: celebrar misas, predicar la palabra de Dios y confesar a los fieles. “No me defenderé”, dice mientras sale de la comunidad en la que vive junto a otros religiosos, en el colegio La Recoleta, de La Molina. Es su forma de poner la otra mejilla, como Cristo.

Todo empezó en agosto pasado, cuando las licencias ministeriales del padre Gastón Garatea se vencieron y el superior provincial de los Sagrados Corazones (la máxima autoridad de la congregación en el país), Raúl Pariamachi, envió una carta al arzobispo Cipriani para renovarlas. Esto es lo habitual en el caso de sacerdotes provenientes de órdenes religiosas. Ahora, a diferencia de la mayoría de ellos (que acceden a permisos de cuatro o cinco años), Garatea recibió en el último quinquenio licencias de solo dos años. Este primer hecho atisbaba ya la posición crítica del cardenal. Las sospechas aumentaron cuando pasaron más seis meses sin obtener respuesta de parte del primado de la Iglesia Católica en el Perú. Cuando los funcionarios de la congregación llamaban por teléfono al Arzobispado, les decían que estaban “en consultas”. En marzo último, Pariamachi decidió cursar una segunda carta a la arquidiócesis capitalina. La bendita renovación estaba demorando más de lo normal.

El 4 de abril, la revista Ellas & Ellos, adjunta a Caretas, publicó una entrevista en tono informal con Gastón Garatea. En el texto, el padre confiesa que critica “muchísimas cosas” de la Iglesia Católica. Por ejemplo, que “se preocupan más en la ley que en el espíritu: se habla más del canon y no tanto del Evangelio”. Se refería al canon no como impuesto minero o portuario, sino como artículo del Código de Derecho Canónico. Sobre el celibato, sostuvo: “A mi modo de ver se ha extendido equivocadamente a todos los sacerdotes. El celibato está bien para los que viven en congregaciones, como yo, pero no para los del clero secular que viven en sus casas”.

Esa misma noche, Miércoles Santo, Juan Luis Cipriani apareció en el programa televisivo La hora N, con Jaime de Althaus. En la entrevista, el periodista puso sobre el tapete las denuncias contra curas pederastas y mencionó la opinión sobre el celibato aparecida en Caretas. El cardenal, un poco ofuscado, dijo: “En eso tengo que decirlo en público porque yo soy el pastor de la Iglesia. En eso se equivoca el padre Garatea, porque en la Iglesia tenemos unas normas y no es que seamos dogmáticos sino que hay un magisterio que nos dice que el tema del celibato está de momento cerrado”. Días después, el 25 de abril, Cipriani firmó una carta en la que dispone la no renovación del permiso a Gastón Garatea. Y llamó al superior provincial de los Sagrados Corazones para entregársela personalmente en su despacho.

Raúl Pariamachi se reunió el jueves 3 de mayo con la máxima autoridad de la estructura eclesial peruana. El cardenal le comunicó que había decidido suspender a Garatea porque sus declaraciones mediáticas distorsionaban la enseñanza moral de la Iglesia. Le puso tres ejemplos: el anticonceptivo oral de emergencia (AOE), la unión civil de homosexuales y el celibato. Sobre el primer asunto, el sacerdote de Sagrados Corazones había dicho a inicios del 2010 que se debía investigar científicamente si la llamada “píldora del día siguiente” era abortiva; la posición oficial del Arzobispado limeño daba esto por cierto sin mayor trámite. En cuanto a lo segundo, Garatea declaró en febrero pasado que “podemos estar en contra del matrimonio entre personas del mismo sexo, pero en una unión civil no hay problema”. Reivindicaba así el derecho de las parejas homosexuales a tener seguridad social y herencia, pero sin admitir la figura del sacramento entre ellos. Un asunto puramente jurídico. Al final del diálogo, Cipriani puso en manos de Pariamachi la carta de suspensión, de dos páginas.

Antes de despedirse, el primado de la Iglesia Católica le dijo al superior provincial que le había advertido de esto al padre Gastón Garatea en dos ocasiones. De acuerdo a una versión recogida por esta revista, Garatea en efecto fue avisado por Cipriani un par de veces, pero en ninguna de ellas le anticipó explícitamente lo que vendría si no abandonaba sus declaraciones polémicas. Incluso, en una de estas conversaciones el cardenal sólo le pidió que deje de hablar de él o de contradecirlo en público. Por ejemplo, cuando Juan Luis Cipriani despotricaba contra el entonces ministro de Salud Óscar Ugarte por el AOE, en abril del 2010, el padre Gastón comentó que esa postura era parte de una actitud que “no tiene arreglo” y que, en todo caso, “es su manera de ver la vida”.

El mismo 3 de mayo, Raúl Pariamachi llamó por teléfono al padre Garatea y le contó lo sucedido. El lunes siguiente empezó a circular la noticia en los pasillos de la Universidad Católica, donde el sacerdote trabaja como asesor de la Dirección Académica de Responsabilidad Social desde hace seis años. El miércoles 9, el preciso día en que la PUCP envió al Vaticano una carta en la que solicita que Cipriani deje de ser interlocutor en el litigio, el consejo universitario acordó declarar a Gastón Garatea como profesor honorario del Departamento de Ciencias Sociales. Hasta entonces ningún medio dicho una sola palabra sobre el tema.

Según el testimonio de un docente principal de esa casa de estudios, la PUCP se apresuró en adscribir al padre a una unidad académica para protegerlo ante eventuales intentos de alejarlo de la universidad. No le faltaría razón a este versión: todo indica que Cipriani “sugirió” al superior de Garatea que le pida que se aleje de la Católica.

Oscuridad sobre el proceso

Hay dos formas de suspender a un sacerdote: la primera, como un acto deliberativo y discrecional del obispo (que solo tiene alcance en una jurisdicción); y la segunda, como una sanción o castigo resultado de un proceso (que suele poseer alcance universal). Una es rápida; y la otra, engorrosa. El comunicado oficial del Arzobispado de Lima, difundido el miércoles último, apuesta por lo primero. Pero, según pudo averiguar esta revista, la carta del 25 de abril tiene elementos que aluden a una sanción o proceso. Por ejemplo, menciona cánones o artículos del libro sexto del Código de Derecho Canónico (titulado “De las sanciones en la Iglesia”), entre ellos el 1370 y el 1373, correspondientes al título de delitos contra las autoridades eclesiásticas. Además, el documento señala que se envió una carta de advertencia al superior de los Sagrados Corazones. Preguntado por DOMINGO, Raúl Pariamachi negó haber recibido comunicación previa alguna de parte de Juan Luis Cipriani. Esta revista buscó contrastar este detalle clave con alguna fuente oficial del Arzobispado, pero la oficina de comunicaciones negó tal posibilidad. Según el canon 1341 de la máxima ley del Vaticano, el obispo puede imponer una pena a un sacerdote “solo cuando haya visto que la corrección fraterna, la reprensión u otros medios de la solicitud pastoral no bastan para reparar el escándalo”.

Lo indignante de esta sanción es que Garatea ha mostrado posturas mesuradas en los temas a los que ha aludido. Opinar, por ejemplo, sobre el celibato no es poner en entredicho un dogma de fe. Hace décadas que el tema está en debate en algunos claustros religiosos. De hecho, el primer papa, Pedro, tenía un hijo llamado Marcos. ¿Acaso no es tiempo de un diálogo tolerante en la Iglesia peruana?

 

MAPA POLÍTICO DE LA IGLESIA

 

Las congregaciones religiosas en el Perú se pueden dividir en tres grandes grupos: progresistas, tradicionales y conservadores. En el primero están los jesuitas, los maryknoll y los columbanos, por ejemplo. También, aunque más tirados al centro, los religiosos del Sagrado Corazón. Todos ellos creen en la refundación de la Iglesia a partir de una mayor sensibilidad con los problemas sociales. En el segundo bloque, tal vez el más numeroso, están las grandes órdenes religiosas: dominicos, franciscanos, mecedarios, entre otras. Evitan participar en los conflictos entre sus vecinos. En el tercer grupo, se ubican el Opus Dei, los neocatecúmenos y los sodálites. Este último colectivo, el más radical, es el que estaría detrás de la agencia de noticias ACI Prensa.

 

LAS VÍCTIMAS DEL CARDENAL CIPRIANI

 

EDUARDO ARENS KÜCKELKORN
DOMINGO reveló el 2009 que este sacerdote marianista, reconocido como uno de los mayores estudiosos de la Biblia, había sido prohibido arbitrariamente de enseñar teología (era profesor de la PUCP). Pero al poco tiempo el cardenal logró “ponerlo en orden”. “Fue penoso porque muchos religiosos estaban dispuestos a respaldarlo”, asegura una fuente eclesial.

 

GUSTAVO GUTIÉRREZ MERINO
El reconocido filósofo y teólogo peruano, autor de la Teología de la liberación, fue prohibido de desempeñar su labor pastoral en la diócesis de Lima por Juan Luis Cipriani. Este sacerdote fue al Vaticano y entabló un trato directo con quien hoy es el papa, Joseph Ratzinger. Al final tuvo que convertirse a la orden dominica y trasladar su residencia a Francia.

 

ALBANO QUINN WILSON
Este religioso canadiense era obispo de Sicuani (Cusco) cuando el arzobispo de Lima lo suspendió en sus funciones. Miembro de la congregación carmelita y defensor del Concilio Vaticano II, se había mimetizado con el campesinado y logró incidir en la labor educativa de la Iglesia. Murió a los 86 años en una casa de su orden en la capita

Leave a Reply